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Friday, September 26, 2008

Tres tristes tigres

Un día más, el canario Juan Cruz firma un excelente artículo de reminiscencias en El País, dedicado una vez más al exilio cubano, esta vez en la persona de Cabrera Infante. No se lo pierdan.

Sobre ese exilio, y sobre otros tantos, cubanos y de otros países, corrieron cortinas interesadas; Guillermo era un desequilibrado, un contrarrevolucionario; no pudo soportar la disciplina que exige una revolución, etcétera...

Interesaba difundirlo; era conveniente lanzar sobre el autor de libro tan claro la oscuridad más desvergonzada. Ahí estaba la admiración literaria por el autor de Tres tristes tigres, y por lo que significaba la novelaen el naciente boom de la literatura iberoamericana, pero también estaba la alimentada sospecha sobre su condición política...

Hasta de Madrid fueron expulsados, por un Gobierno dictatorial que no quiso enemistarse con Fidel Castro; y fueron acogidos en Londres, finalmente, en una atmósfera que sólo tenía de La Habana la literatura y unas plantas que Miriam Gómez dispuso por la casa de Gloucester Road como si quisiera oler una tierra que ya jamás va a ser su suelo...

En ese clima humano decidido por la violencia del tiempo que vivió, no era extraño que Cabrera Infante sufriera lo que Miriam llamaba "un nervous breakdown" mientras trataba de pasar a lenguaje cinematográfico Bajo el volcán de Malcolm Lowry; lo extraño era que siguiera haciendo una recreación casi obsesiva de lo que fue La Habana para él y para ellos...

El exilio lo hizo como era, pero nunca le destruyó La Habana que con él siempre resucita. Así en el destierro como en Cuba, el marinero Camps nos dejaba en las manos un libro que entonces ya estaba prohibido en Cuba, y que aún sigue allí siendo materia de intercambio con la leche condensada. Y aquel libro era un canto que participaba del entusiasmo que a nosotros nos llevaba a los barcos con medicinas antes de que Cabrera escribiera ese renglón terrible que volvió a decir al morir en el exilio: "Ya no se puede más".





Saturday, August 30, 2008

Umbral

El jueves El Mundo publicó una serie de artículos sobre Francisco Umbral, cuyas columnas en prensa leí con avidez durante muchos años. En la facultad, la referencia a lo que Umbral había escrito ese día era siempre asunto de conversación. "Pásame ese ABC, y que no sirva de precedente", me decía una amiga "roja", como se autodefinía, cuando el escritor colaboró durante unos meses con ese periódico allá por 1993 ó 1994.

Siempre me he sentido atraído por las personas un poco jactanciosas y hasta antipáticas. Tal vez sea porque en algunos momentos la chulería no viene nada mal. Las salidas de tono de Umbral siempre me hicieron mucha gracia, casi tanto como las respuestas de Victoria Abril a las preguntas que considera estúpidas o impertinentes, como las que le hicieron en La Noria el pasado mes de julio a propósito de Aznar y de otros personajes y cuestiones políticas a las que no le dio la gana responder porque "los artistas trabajan para todo el mundo y a nadie le interesa lo que pensemos" (si no literal, casi).

Sólo he leído un libro de Umbral, Y Tierno Galván ascendió a los cielos, una obra que sus seguidores más fieles consideran menor. No será la última.

Me quedo con este comentario de Javier Villán en el especial de El Mundo:

Jamás se abandonó a un lirismo cursi o afectado; palabras como navajas: cachicuernas o nacaradas. Umbral poseía el don del idioma y ese don le ponía a salvo de todo. Pudo ser su tumba, como la de tantos talentos fulgurantes, y fue su gloria.

¡Cuàntos lo han intentado y qué pocos lo han conseguido!

David Torres añade otro rasgo de la grandeza de Umbral:

En sus novelas lo que pasaba no importaba mucho y el protagonista siempre se parecía a él mismo, pero es que las novelas de Umbral están como habitadas de gárgolas que eran niños solitarios, literatos precoces y adolescentes enamorados de viudas mórbidas...