
Una vez más el empresario británico Richard Branson la ha armado, y los miembros del establishment no se lo perdonan y hacen lo de siempre, patalear como niños malcriados.
En los años 70, y cuando tenía poco menos de 20 años, Branson abrió las célebres tiendas de discos Virgin. En los ochenta fueron Virgin Records, que hizo la competencia con éxito a las discográficas norteamericanas e hizo del rock uno de los principales productos de importación de su país, y la compañía aérea Virgin. No se lo perdonaron. Durante años las discográficas de los Estados Unidos, divisiones de las grandes productoras, intentaron introducir aranceles para los productos de Virgin Records y llegaron incluso a proponer que los artistas de Branson pagasen más impuestos. El británico respondió creando franquicias de Virgin en los Estados Unidos, algo que perjudicó a sus artistas, pues aumentó mucho los costes al crear costes de transacción.
La presión de British Airways y American Airlines contra Virgin fue brutal. A ella se debe que la liberalización del espacio aéreo se mantuviera en punto muerto durante los ochenta y que avanzase tan poco y con tantas trampas durante los noventa. El resultado fue una crisis crónica del sector. Branson contraatacó con una guerra de precios y una política de relaciones públicas que contó con el apoyo de personajes como la princesa Diana de Gales.
El año pasado, Richard Branson creó su propia escudería de Fórmula 1, Brawn. El espectacular éxito de la marca, que con Janson Button como piloto principal ha ganado 6 de los 7 grandes premios disputados hasta la fecha, ha desatado la ira y la envida de marcas como Ferrari, que hace un mes amenazó con retirarse de la competición porque las marcas históricas habían perdido terreno frente a las nuevas.
Tras la ronda de clasificación del Gran Premio de Inglaterra, copada por pilotos de marcas no históricas, la FOTA, una asociación liderad por Ferrari y McLaren, ha decidido organizar su propio campeonato, es decir, expulsar a Brawn de la Fórmula 1 debido a su impotencia para enfrentarse el equipo de Brawn.
Además de falsear el estado actual de la tecnología automovilística y restar brillantez al espectáculo de las carreras de coches, esta decisión mercantilista supone un grave perjuicio para los conductores, porque la Fórmula 1 es el banco de pruebas de muchas mejoras, entre ellas las de seguridad, que luego se incorporan en los coches que conducimos. Como suele ocurrir cuando se restringe la competencia, al final quienes pagan el pato son los consumidores.
No sé si Branson será proge o no ni qué pensará del matrimonio gay y de las relaciones Iglesia-Estado, pero sin duda es un héroe de la libertad cuyas iniciativas han mejorado la vida de muchos millones de personas en todo el mundo. Su tesón sólo es comparable a su creatividad. Que viva muchos años, por nuestro bien. Hay pocos como él.










