Hace unos días, Libertad Digital publicaba un artículo del congresista y fallido candidato a la presidencia por el Partido Republicano Ron Paul. El autor defendía el uso médico de la marihuana y citaba el ejemplo de un paciente cuyos dolores se vieron reducidos por esta sustancia, más barata (y no mucho más adictiva, añadiría yo) que muchas de las medicinas que recetan los médicos. El político se queja de la intransigencia del Estado, que no permite que la marihuana sea recetada como medicina, o al menos como paliativo del dolor.
Forss vivía hostigado por las autoridades federales y estatales, por lo que dejó de calmar sus dolores con marihuana y se cambió a un régimen de caras píldoras. Doce estados han legislado que la marihuana puede ser prescrita por médicos, pero en Minnesota –donde vive Forss– todavía no se permite. Incluso en los estados donde sí se permite, continúa la persecución de la DEA (la agencia antidroga estadounidense) contra dispensarios y clínicas.
El Gobierno federal debe reconocer que los estados pueden decidir sobre estos asuntos. Como congresista y médico, apoyo enfáticamente que las decisiones sobre la salud deben ser tomadas por los médicos y sus pacientes, no por los políticos ni por agentes federales. Por eso introduje en el Congreso el proyecto de ley de protección de pacientes tratados con marihuana medicinal, que prohibiría que el Gobierno federal intervenga en las relaciones de los médicos y sus pacientes que no violan leyes estatales.
El paciente del que Paul habla tiene un disco vertebral roto. Este problema le debilita y le ocasiona espasmos musculares. Todos los que hemos convivido con enfermos de este tipo o con personas que sufren enfermedades como el cáncer conocemos los terribles efectos secundarios de las pastillas que deben tomar y el auténtico calvario en que a veces se convierten sus vidas. En España, algunos médicos recomiendan a sus pacientes el uso moderado de la marihuana, que no sienta igual a todo el mundo, como sustituto de los venenosos cocktails de calmantes disponibles en el mercado. Algunas personas se horrorizan y dicen que los médicos quieren convertir a sus pacientes en drogadictos. Como si la morfina que contienen algunas medicinas fuera mejor que la marihuana. En realidad es bastante peor.
El síndrome que sufren algunas personas cuando finaliza un tratamiento con morfina es espeluznante. Entran en una especie de estado de locura terrible para ellos y para su entorno. Tal vez un poco de marihuana a tiempo sea mejor que un montón de pastillas de otras sustancias. Además, al combinar diferentes elementos, el poder calmante de las drogas disminuye a menos velocidad y por tanto no hay que aumentar las dosis, o al menos el incremento es más lento.
El artículo se titula Politizar el dolor. Se me hace difícil pensar en otro mejor.